viernes, 16 de marzo de 2012

Adam Smith

ADAM SMITH

El papel del Estado

Que el Estado pretenda dirigir la economía del modo que los gobernantes crean más conveniente para la prosperidad general es, sencillamente, contraproducente: “El gobernante que intentase dirigir a los particulares respecto de la forma de emplear sus respectivos capitales, tomaría a su cargo una empresa imposible, y se arrogaría una autoridad que no puede confiarse prudentemente ni a una sola persona, ni a un senado o consejo, y nunca sería más peligroso ese empeño que en manos de una persona lo suficientemente presuntuosa e insensata como para considerarse capaz de tal cometido”. En definitiva, según Smith, ningún individuo posee los conocimientos necesarios para asignar los recursos económicos del país y garantizar que su asignación será beneficiosa para la prosperidad de la nación. Afirma incluso, en razón de sus estudios históricos, que “las grandes naciones nunca se empobrecen por la prodigalidad o la conducta errónea de algunos de sus individuos, pero sí caen en esa situación debido a la prodigalidad y disipación de los gobiernos”.

En este sentido, Smith es contrario, en general, a toda medida política que suponga el control y la regulación estatal de la economía: subvenciones, derechos de aduana, las prohibiciones respecto al comercio exterior, las leyes de aprendizaje y establecimiento, los monopolios legales, las leyes de sucesión (que obstaculizaban el libre comercio de la tierra), etc. El efecto final de todas ellas era impedir la ampliación del mercado, y con ella, la división del trabajo y el consiguiente enriquecimiento de todos.

De esta manera, la función del Estado debía limitarse básicamente a cuatro funciones: la defensa de la propiedad privada, la defensa contra cualquier agresión extranjera, la administración de justicia y el sostenimiento de algunas obras e instituciones públicas que, por su escasa rentabilidad directa, ningún individuo querría mantener. Éste último es el caso de la educación, necesaria tanto para contrarrestar las deficiencias en la vida moral que conlleva la división del trabajo como para contribuir a la mejora de la industria a través del conocimiento.

No obstante, a pesar de lo que muchos creen, Adam Smith no afirma que la acción de la “mano invisible” conlleve en todos los casos el bien común, que es su objetivo último. Es por ello que hablar también de la necesidad de legislar para “habilitar a sus individuos y ponerles en estado de poder surtirse por sí mismos de todo lo necesario”. Manifiesta incluso más temor por la ambición privada que por la tiranía pública (“puede decirse que la caprichosa ambición de algunos tiranos y ministros, que en algunas épocas ha tenido el mundo, no ha sido tan fatal al reposo universal de Europa como el impertinente celo y envidia de los comerciantes y fabricantes”) y advierte también de que la codicia de algunos individuos puedes juntarlos en conspiración contra el bien común (“Rara vez se verán juntarse los de la misma profesión u oficio, aunque sea con motivo de diversión o de otro accidente extraordinario, que no concluyan sus juntas y sus conversaciones en alguna combinación o concierto contra el beneficio común, conviniéndose en levantar los precios de sus artefactos o mercaderías”).

Adam Smith no fue, por tanto, ningún defensor del capitalismo salvaje, el cual ni siquiera llegó a conocer, ni el consciente defensor de los intereses de la burguesía como clase social en particular. Hizo importantes concesiones a la posibilidad de que el gobierno promoviera el bienestar general mediante obras e instituciones públicas, e incluso, en muchas ocasiones, apoyó las restricciones gubernativas sobre la iniciativa privada cuando ésta se mostraba perniciosa para el interés general.

La “mano invisible”

“Ninguno por lo general se propone originariamente promover el interés público (…). Cuando prefiere la industria doméstica a la extranjera, sólo medita su propia seguridad, y cuando dirige la primera de forma que su producto sea el mayor valor posible, sólo piensa en su ganancia propia; pero en éste y en muchos otros casos es conducido, como por una mano invisible, a promover un fin que nunca tuvo parte en su intención”

En este fragmento de la Riqueza de las naciones, Adam Smith afirma que el ser humano, en lo que respecta al ámbito económico, se mueve principalmente de forma egoísta, es decir, por su interés individual. Y que, aun actuando los hombres de esa forma, ese egoísmo actuará de motor del crecimiento económico. La riqueza creada, además, no se hallará concentrada en las manos de unos pocos sino que de ella se beneficiará la mayoría de la población. Y todo ello en un marco económico que se caracteriza por un mercado regido únicamente por sus leyes naturales, las de la oferta y la demanda, sin la intervención reguladora del Estado. ¿Cómo es esto posible?

Adam Smith hace referencia, como hemos leído, a la acción de cierta “mano invisible” (quizás su más famosa expresión), la cual se encarga de conseguir que, en la mayoría de los casos, las ganancias que un individuo obtiene de sus negocios beneficien también, aunque de forma indirecta, al resto de la población.

El mercado, por lo tanto, se regula a sí mismo en beneficio de la mayoría, y, en principio, cualquier intervención estatal, por muy bienintencionada que esta sea, desequilibrará el funcionamiento natural de aquél e impedirá el crecimiento y distribución de la riqueza. En este sentido, el entorno político y legal es un factor de primer orden para el crecimiento económico.

La divisón del trabajo

El esquema económico smithiano parte de la afirmación categórica de que la fuente de la riqueza se halla en el trabajo: “el trabajo anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el suministro de cosas necesarias y convenientes para la vida que la nación consume anualmente”. De esta afirmación se desprende que aumentando la productividad laboral, aumentaremos también la riqueza. Por otro lado, Adam Smith piensa que la división del trabajo es la causante del aumento de la productividad. Así pues, concluye que es la división del trabajo lo que hace crecer la economía de un país.

¿Cómo surge dicha división? “Esta división del trabajo, que tantas ventajas trae a la sociedad, no es en su origen efecto de una premeditación humana que prevea y se proponga, como fin intencional, aquella general opulencia que la división dicha ocasiona: es como una consecuencia necesaria, aunque lenta y gradual, de cierta propensión genial del hombre que tiene por objeto una utilidad menos extensiva. La propensión es de negociar, cambiar o permutar una cosa por otra. (…) Como la mayor parte de los buenos oficios que de otros recibimos, y de que necesitamos, los obtenemos por contrato o por compra, esta misma disposición permutativa es la causa original de la división del trabajo”.

El economista escocés pone un ejemplo muy ilustrativo de cómo la división del trabajo conlleva necesariamente el aumento de la productividad. Es el famoso ejemplo de la fábrica de alfileres: “En el estado en que hoy día se halla este oficio no sólo es un artefacto particular la obra entera o total de un alfiler, sino que incluye cierto número de ramos, de los cuales cada uno constituye un oficio distinto y peculiar. Uno tira el metal o alambre, otro lo endereza, otro lo corta, el cuarto lo afila, el quinto lo prepara para ponerle la cabeza; y el formar ésta requiere dos o tres distintas operaciones; el colocarla es otra operación particular; es distinto oficio el blanquear todo el alfiler; y muy diferente, también, el de colocarlos ordenadamente en los papeles. Con que el importante negocio de hacer un alfiler viene a dividirse en dieciocho o más operaciones distintas, las cuales en unas ocasiones se forjan por distintas manos y en otras una mano sola forma tres o cuatro diferentes. (…) Estas personas podrían hacer cada día más de cuarenta y ocho mil alfileres, (…) pero si éstos hubieran trabajado separada e independientemente, (…) ninguno ciertamente hubiera podido llegar a fabricar veinte alfileres al día, y acaso ni aún uno solo”.

A continuación, explica detalladamente por qué dicha división incrementa la productividad laboral. Tres son las razones que nos da: la primera es que, con la especialización laboral, el trabajador adquiere una mayor destreza en su labor particular gracias a la repetición continua de la misma cada día. En segundo lugar, se ahorra el tiempo empleado anteriormente en pasar de una actividad a otra, tiempo que, lógicamente, servirá para seguir produciendo. Y en tercer y último lugar, Smith piensa que la división y especialización laboral lleva a los trabajadores a inventar máquinas: “Una gran parte de las máquinas empleadas en aquellas manufacturas en que se halla muy subdividido el trabajo fueron en su origen inventos de algún artesano, que embebido siempre en una simple operación hizo conspirar todas sus ideas en busca del método y medio más fácil de hacerla y perfeccionarla.” Y el uso de máquinas, como es de todos sabido, permite reducir el tiempo de elaboración de un producto.

No obstante, la división del trabajo lleva implícito un grave perjuicio para las personas a las que afecta. A saber: el operario que realiza una misma tarea de forma monótona y continua durante toda la jornada y día tras día va a ver empobrecida su vida moral, pues deja de usar muchas de sus capacidades mentales. Aquí vemos la otra faceta de Smith, la de filósofo moralista. Para contrarrestar este daño, da una gran importancia a la educación, de la cual habrá de encargarse el Estado.

La división del trabajo tiene varias limitaciones, las cuales, en atención a lo ya dicho, restringirán también el crecimiento económico. Una de esas limitaciones es el grado de estandarización del producto a elaborar: a mayor estandarización, mayor será la posibilidad de división laboral. Otra es la estabilidad de la demanda del producto y la certidumbre de dicha estabilidad a medio y largo plazo. Sólo teniendo la garantía de que el producto fabricado va a ser vendido asume alguien razonable la inversión que conlleva la división y especialización del proceso productivo. La disposición de capital, por tanto, es un condicionante de primer orden en la división del trabajo. Ésta requiere de un importante capital previamente acumulado para hacer frente a los costes que la división del trabajo lleva parejos (adquisición de maquinaria y herramientas especializadas, básicamente).

El otro gran limitador, junto al capital, de la división del trabajo es el tamaño del mercado: “Así como la facultad de cambiar motiva la división del trabajo, la amplitud de esta división se halla limitada por la extensión del mercado. Cuando éste es muy pequeño, nadie se anima a dedicarse por entero a una ocupación, por falta de capacidad para cambiar el sobrante del producto de su trabajo, en exceso del consumo propio, por la parte que necesita de los resultados de la labor de otros”. El comercio libre y abierto (en oposición al restringido por barreras políticas, como las que suponen los aranceles altos) favorecerá, por tanto, la división del trabajo y, en definitiva, la riqueza del país.

Su ideología

El egoísmo es así elevado a la categoría de virtud. La sociedad y el estado deben liberar las iniciativas individuales para que, sin trabas ni reglamentaciones y gracias a la suma de las energías y los afanes de los hombres, pueda prosperar el bienestar general y la riqueza de las naciones; todo ello regulado por las leyes naturales de la vida económica basadas en los principios del libre mercado y de la beneficiosa competencia.

Valor de uso, valor de cambio

El mismo Smith proporciona un ejemplo esclarecedor: «Nada hay en el mundo tan útil como el agua; sin embargo, con el agua podemos adquirir muy pocas cosas; nadie nos dará por ella ni una pequeñísima parte de un bien que escasea. Por el contrario, si tenemos un brillante, objeto que escasea y no tiene ningún valor de uso, nos será fácil encontrar quien nos ofrezca gran cantidad de otros bienes a cambio de él .» «El valor de cualquier mercancía es igual a la cantidad de trabajo que se puede adquirir a cambio de ella. El trabajo es, por tanto, la medida del valor de cambio de todas las mercancías.»

Abordó también el tema de los salarios, que vendrán fijados por contrato entre patronos y obreros, según la ley de la oferta y la demanda; éste es el salario corriente o de mercado que tenderá a equipararse con el salario natural que corresponde al coste de producción del trabajo obrero, es decir al mantenimiento del obrero y su familia a nivel de subsistencia. Ello será así porque, generalmente, la oferta de mano de obra es superior a la demanda de puestos de trabajo.

Teoría del valor

Así, el precio se resuelve tres partes o componentes: la primera parte va destinada a los salarios de los trabajadores, la segunda a los beneficios del capital de quien lo invierte y la tercera y última porción va destinada al terrateniente. Cuando las tasas a que se pagan estas masas de beneficio están equilibrio, se puede hablar de un precio natural de la mercancía. Así lo plantea Smith: ""el mismo precio natural varía con la tasa natural de cada uno de sus componentes: salario, beneficio y renta"

Si un producto es solicitado sube el precio y se favorece su elaboración, con lo que todo vendedor es retribuido según la importancia de los servicios que presta; la actividad concurrente garantiza el orden, la justicia y el progreso de la sociedad.

Legado

La ideología del liberalismo económico favoreció el proceso de industrialización, la creación de mercados mundiales, la acumulación de capitales, el surgimiento de empresas gigantescas, dimensiones todas que se reflejan en la segunda fase de la Revolución Industrial; pero separó la ética de la economía y se despreocupó de los problemas sociales de la industrialización.

Por otra parte, el análisis que Smith hizo del valor le convierte también en el precursor de los socialistas y de los comunistas. La medida real del valor de las mercancías es el trabajo, y él es el que establece el precio. Al principio, todo este precio pertenecía al obrero; pero cuando un individuo ha amasado un capital (tierra, materia prima, utensilios) y lo hace actuar por medio del obrero, el capitalista se queda con una parte del precio, y el resto o salario se lo entrega al obrero. Como cada uno de los dos quiere obtener la mayor parte posible del precio, la estipulación del salario es el resultado de una discusión entre capitalista y el obrero, discusión que conduce a la lucha de las clases rivales. “Los patronos forman, siempre en todas partes, una especie de liga tácita pero constante y uniforme para impedir que los salarios suban.” Smith se muestra frío con quienes no producen y “el soberano... y todos los ministros de la Justicia y todos los militares... son obreros que no producen... Los sacerdotes, los abogados, los médicos, son intelectuales,,, pueden ser clasificados en la misma clase” Se expresa severamente contra los mercaderes cuyo interés es contrario al interés social. Todas estas ideas han inspirados a Carlos Marx.


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